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Por una cultura del encuentro que haga realidad la revolución del amor

Es claro que nos encontramos como argentinos en un punto crucial en el que los protagonistas de esta hora, vale decir, todos nosotros, decidiremos nuestro destino o nos dejaremos avasallar
por la historia.

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El destino no es “una suerte echada” que nos condena a lo absolutamente inexorable; el destino puede ser cambiado, con decisión, visión preclara de los valores que son innegociables, con un sentido profundo de patria, conciencia ciudadana y un amor por el pueblo dispuesto al sacrificio.

En primer lugar, hay que decidirse a ser protagonistas de esta revolución del amor ya nadie que se adecue y mimetice y se mantenga en su zona de confort podrá cambiar nada: es más, seguiremos siendo un elemento potable a un sistema que nos domesticara hasta el extremo para que sigamos siendo férreos defensores de esa pedagogía de opresión que nos ha calado hasta los huesos.

La maquinaria infernal de la información manipulada y dirigida a propósito para domesticarnos nos hará ver la realidad no fruto de un pensamiento y discernimiento autónomo, sino resultado de un bombardeo continuo de afirmaciones falsas que lo transformarán en un ser sin opinión, convencido sin embargo que tiene opinión reflexivas, sino de una manera obscenamente manipulada, y, así, el individuo se habrá convertido en un repetidor serial de mentiras y falsedades absolutamente convencido de estar defendiendo la verdad.

Para completar la obra, a los esclavos que nos sentimos amos, la noticia manipulada producirá en nosotros el efecto de una verdadera lobotomía que nos llenará el cerebro y el corazón de odio, rencor, resentimiento y sed de venganza y de este modo con una opinión fundamentalista obsesiva, fruto del producto que le vendieron, no seremos constructores de una sociedad civilizada, reconciliada y en paz, sino apenas una marioneta en las manos perversas de eso que llaman el cuarto poder.

Si miramos las redes sociales y los comentarios debajo de cada noticia vengan del lado que vengan, nos podemos dar cuenta de la ferocidad y la eficacia y el altísimo grado de domesticación en la que nos encontramos los argentinos.

En este contexto que es global no solo particular, los buenos seres humanos propugnamos un cambio severo de mentalidad que nos lleve realmente a crear a largo plazo una cultura del encuentro para poner los cimientos de esa nueva construcción social a lo que llamamos “la civilización del amor”.

Esto que parece una utopía se vuelve posible toda vez que alguien toma conciencia de la urgencia de ese protagonismo militante del amor que netamente nos compromete con la realidad para transformarla. Cuando hablamos de protagonismo militante pensamos en ese estado de conciencia al que llega cada uno de nosotros desde su propio espacio, función, profesión y lugar cotidiano y se decide a hacer docencia de esta cultura del encuentro, no solo a un nivel discursivo sino con actitudes, con palabras y acciones muy concretas, símbolos y gestos que irán haciendo visible esta nueva idea de cultura y de sociedad, que podríamos bien llamar “la revolución del amor”.

Sin sueños y sin rebelión no habrá liberación como tampoco habrá cambio de nada si las fuerzas no se aúnan para una guerra que será larga pero que se ira ganando batalla tras batalla

Será esto como una resistencia, al principio quizá tímida, ante tanta propaganda arrogante que intimida y mete miedo, sin embargo, no debemos olvidar jamás que los grandes cambios comenzaron desde lo pequeño y desde lo que aparentemente no contaba nada para nadie. Pensemos en David que con una honda baja al poderoso Goliat, o en el mismo Jesús, que con un grupo reducido de ingenuos partieron la historia en dos.

Veamos la clave que nos da el evangelio: en primer lugar, juntarnos, no rejuntarnos, sino juntar los elementos que nos unen detrás de un único sueño y de un gran ideal. Atrevernos a soñar que un mundo distinto es posible y revelarnos con pacífica arrogancia contra un sistema que quiere convencernos que nada podemos hacer. Sin sueños y sin rebelión no habrá liberación como tampoco habrá cambio de nada si las fuerzas no se aúnan para una guerra que será larga pero que se ira ganando batalla tras batalla.

Antes de enviar Jesús a los setenta y dos a proclamar la verdad del mundo que él soñaba, primero les hizo creer que ese sueño era posible para que ellos se apropiaran de ese ideal les llenó el corazón de amor y de rebeldía, e instruyéndolos con la verdad, los hizo soldados de una causa que parecía imposible y que sin embrago fue la mecha inicial del gran fuego que produjo el evangelio de Cristo en la entera humanidad, fuego que permanece y permanecerá por los siglos de los siglos.

“Los mando de dos en dos”, dice el texto bíblico significando que la revolución se hace juntándonos, ya que la fuerza mancomunada en la construcción de los sueños se vuelve en el tiempo incisiva y eficaz. Jesús hace una selección, no manda a cualquiera, primero a doce, luego a setenta y dos, hay un proceso de conciencia y de selección para designar a quienes serán los protagonistas de la realización de ese sueño.

Los hace conscientes de que la tarea será ardua y que requerirá todo tipo de sacrificios a la hora de comenzar la obra. Esa tarea no será ciertamente un trabajo para débiles y la perseverancia a la hora de afrontar las pruebas más duras serán el ímpetu y la fortaleza que mantendrá al soldado firme y digno en el momento en el que se presenten las batallas más férreas.

En el ardor de la batalla lo que prevalece es el ideal encarnado en un corazón fuerte que no se resigna a vivir una vida sin dignidad ni libertad, ante esa posibilidad el temple del héroe sabe que es preferible dar la vida por la causa que sobrevivir en la mendicidad del esclavo que se somete y entrega las armas junto a sus más altos ideales por debilidad y cobardía.

Coraje, pasión por la verdad, altos ideales de dignidad y libertad, unidad, capacidad de sacrificio y amor con sentido de pueblo parece ser el camino y la luz que alumbra el espíritu indomable de aquellos que están destinados a resplandecer en el panteón de los héroes que refundaran la alicaída argentina, contra el conformismo y la domesticación de aquellos que han decidido sobrevivir apenas, tan solo apenas como esclavos.

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Rafael del Blanco
Rafael del Blanco