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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

El gran acuerdo nacional que urge construir para salvar a la patria

Toda instancia crítica en cualquier proceso en desarrollo requiere de la intervención decisiva de aquellos que le dan vida y dinamismo a ese proceso.

 Diríamos que al proceso dinámico llamado Argentina, que se encuentra en estado crítico, demanda la acción urgente de todos los ciudadanos para que tal proceso no degenere o cambie los mismos fundamentos que le dieron vida como república.

Decíamos en otro texto que es fundamental volver a las raíces más hondas de nuestra esencia como Patria, para que clarificados en el origen que nos dio vida podamos recuperar la dirección que traíamos y que hace décadas la hemos perdido.

Fue justamente, como sucede en cada instancia fundacional, la gestación de un proyecto de país en la conciencia preclara de nuestros próceres y de nuestros líderes republicanos, los que empujaron nuestra historia hacia el deber ser de una nación digna, eficaz y calificada interna y externamente por el sorprendente progreso, humano, económico y social que significó rápidamente el progreso de la Argentina a la que se miraba, se ejemplificaba, se aplaudía y se imitaba.

Y la razón de ello era que todos los indicativos que dábamos mostraban a una nación seria, con una claridad de identidad y de objetivos que había puesto como valor superior los valores republicanos y a la ciudadanía.

Todo ello con un espíritu que empujaba el carro de nuestra historia a una velocidad inusitada puede sintetizarse en los valores de la cultura del trabajo, la honestidad, la decencia y por supuesto la fe y el sentido de trascendencia que hacía que los constructores de la sociedad de aquel tiempo tuvieran muy claro el lugar desde donde venían, y el legado espiritual de nuestros ancestros.

Este legado espiritual era también una inspiración suprema expresada y vivida como amor patrio que con devoción y compromiso ligaban el presente con el pasado y una mirada hambrienta de gloria por el futuro.

La instancia crítica de un proceso tan exitoso del primer siglo poco a poco fue dando lugar a la imagen decrépita, decadente y confusa del alto ideal de patria. Un ideal que se afianzaba en la construcción de una república libre, pujante, donde la justicia social y la igualdad de posibilidades, de progreso y de bien son la característica más destacada de esta nación en progreso hacia su plenitud.

En el desarrollo de ese proceso, sin embargo, algo terrible nos sucedió, en algún punto perdimos el rumbo y el resultado fue que dejamos de ser una nación seria en el concierto internacional; se frenó abruptamente el progreso humano, republicano, cultural y social y hoy podríamos decir con un dejo dramático, que ya nadie nos mira ni respeta, más bien producimos asombro y perplejidad porque nadie puede entender cómo, con el potencial de recurso humano y material que posee, haya caído al foso oscuro en el que cayó.

Ya nadie nos aplaude, más bien, en vez de cantar acerca de la dignísima república del sur, con estupor cantan las famosas palabras de Eva Perón cuando se despidió del pueblo diciendo: “No llores por mí Argentina”.

No sabíamos en ese tiempo que esas palabras serían una dramática profecía cumplida de dolor y lágrimas para millones de argentinos a lo largo de ya demasiadas décadas. Pero para no seguir llorando al muerto sin hacernos cargo, como en el caso de la viuda de Naim, donde todos lloraban y consolaban a la viuda, pero nadie se hacía cargo del muerto, pareciera que también nosotros en este presente que nos desafía, tengamos que dejar de lamentarnos y tomar cartas en el asunto para pasar del eterno duelo al cambio de esa situación de dolor.

Y entonces ¿que podríamos hacer?

Generar como mentalidad un ambiente político, cultural y social que desde todos los ámbitos posibles comiencen a generar espacios de diálogo y encuentro a pesar de nuestras más hondas diferencias, de modo que se construyan puentes y ámbitos, espacios y oportunidades para que los diferentes sectores y actores de la sociedad se encuentren y aprendan a escucharse y a reconocer las necesidades, aspiraciones, inclinaciones, preferencias de los otros y especialmente de aquéllos que histórica o circunstancialmente se hubieren mostrado o configurado en el proceso como opuestos o excluyentes.

De este modo los opuestos se podrían integrar armónicamente como instancias de complemento y enriquecimiento y no de conflicto.

Deberíamos como ciudadanos responsables y protagonistas en la reconstrucción de la patria, profundizar, clarificar, reafirmar y potenciar en la reflexión, el diálogo y el encuentro y los elementos constitutivos de nuestra identidad cultural e histórica, con un sentido de trascendencia que nos pueda conectar al pasado y netamente arraigados al presente para encarar con esperanza, integralidad y gradualidad el futuro.

Cada ciudadano más que factor de división y enfrentamiento por cualquier razón que fuere debería ser un mediador entre las partes en conflictos y actuar como elemento que le apuesta a la construcción en positivo y no al enfrentamiento. Deberíamos refundar el modo de lectura subjetiva de la realidad.

Deberíamos dejar de lado los oscuros intereses ideológicos y corporativos que en muchos casos esta afianzado de manera muy perversa en el corazón de muchos ciudadanos, y comenzar a entrenar actores sociales especialmente desde la más tierna infancia en el área de la educación para que sean ciudadanos con una mirada social amplia, no sectorizada, ni clasista ni ideologizada, sino más bien personas con una sólida formación plural que los haga constructores de una cultura del encuentro para que sean ellos los protagonistas de la refundación de la patria.

Formar en positivo con una mentalidad abierta al diálogo y encuentro para que esto haga posible la realidad de una patria creciendo y desarrollándose desde la conciencia de una diversidad reconciliada.

Cambiar nuestra mentalidad significa dar un giro decisivo a nuestro lenguaje para que, desde todos los espacios, académicos, discursivos, medios de comunicación, programas educativos, el lenguaje cumpla eficazmente la razón más profunda de su ser que es comunicar.

Pasar de la comunicación y diletantes que desinformar y deforma a aquella en el que a comunicación verdaderamente forme conciencia y opinión desde el valor de la verdad.

De este modo el lenguaje le prestaría un gran servicio a la comunicación para que se transforme en un espacio educativo donde todos le apunten a la unidad y no a la generación de conflictos que potencien la fragmentación y el enfrentamiento en la sociedad.

En conclusión, necesitamos corregir urgentemente los errores para direccionarnos al deber ser de nuestro destino, lo haremos solo si propiciamos un gran diálogo y un gran encuentro que nos reconcilie de una vez por todas a los argentinos.

Necesitamos volver a nuestra historia y a nuestros próceres para recuperar y cualificar nuestra identidad ciudadana y como nación.

Necesitamos crear espacios donde todos empresarios, trabajadores, sindicatos, movimientos sociales, docentes, fuerzas de seguridad y ciudadanos comunes, con amor patrio junto a toda la estructura del poder por representación llamado república, nos pongamos de acuerdo para levantar a la Argentina del estado de postración y humillación en el que se encuentra desde hace décadas

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